Estamos de reforma

3 Abr

La buscadora está siendo rediseñada y en momentos puntuales puede dejar de funcionar. Sed pacientes. En cuestión de días habrá lanzamiento de la nueva web: todo un nuevo concepto y contenidos más amplios.

Deseando que salga a la luz, mientras tanto os dejo una inspiradora vista, lo más parecido que existe, probablemente, al cuadro de Edward Hopper que hay en la cabecera ahora.

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La frescura del destarifo

20 Mar

Cada nueva película de Pedro Almodóvar causa expectación antes, durante y después del rodaje. Pero lo que ya ha adquirido categoría de ritual es el los-amantes-pasajeros-cartel1enfrentamiento que con el estreno siempre se produce entre el director y el crítico de cine Carlos Boyero, actualmente en El País. Recuerdo cuando en ese periódico el cabeza de cartel era el gran Ángel Fernández-Santos, y en el polo opuesto, iconoclasta, verborreico, estaba Boyero en El Mundo. Parecía ingenioso, sus boutades hasta resultaban interesantes porque era el contrapunto a Fernández-Santos, erudito y cultivado, templado aunque también apasionado cuando un film le gustaba. En aquel contexto yo leía a los dos y le encontraba su gracia a Carlos Boyero. Hace tiempo que ya no, solo me da pereza porque parece anclado en las mismas ideas de siempre, inflexible, repetitivo, y ya una caricatura de sí mismo, con sus fobias y filias. [Aquí un tumblr genial donde recopilan sus citas más celebres]

Entre esas fobias recurrentes se encuentra Pedro Almodóvar. No leo críticas de una película hasta que no la veo y ahora estoy escribiendo mis impresiones de Los amantes pasajeros sin haber leído aún ninguna. Desde luego está lejos de ser una obra redonda, hay momentos en que llega a ser ridícula, pero con todos sus defectos es un soplo de aire fresco. Porque aquí el manchego vuelve a desmelenarse como no hacía desde principios de los 90, y su escatología me recuerda más que nada a su ópera prima, Pepi, Luci y Bom -y aquella alucinante lluvia amarilla-, aunque los personajes en los que se fija ya no son del underground, claro, sino de clase alta.

La hora y media de metraje es una sucesión de situaciones absurdas, diálogos chispeantes, a ratos vulgares, y tramas de folletín. ¿Y qué? No tomarse demasiado en serio a uno mismo es muy saludable. La belleza de lo imperfecto, de lo que no está medido ni encorsetado. Al guión se le podían haber dado algunas vueltas, quizá, pero yo encuentro que es en ese destarifo donde está su frescura. Se nota que el propio director necesitaba desengrasar después de tanta intensidad en sus anteriores films y lo ha conseguido. Pasas un rato divertidísimo en la butaca, te quedas con unas cuantas escenas memorables -impagable el I’m so excited bailado por los tres azafatos del vuelo, Javier Cámara, Raul Arévalo y Carlos Areces (sin duda, los mejores del elenco)-, y frases marca de la casa:

A ver qué hubiera sido de tu vida si no hubiera pedido yo por ti. 

¿Y qué pedías? 

Que dejaras el alcohol, las drogas y los cuartos oscuros”.

los_azafatos_de_los_amantes_pasajeros_4438_622x466Al salir de la sala lo pensaba: en esta película Almodóvar vuelve a reunir todos los elementos que lo hacen odiado por rancios bienpensantes, defensores del orden -su orden y su esquema moral, claro-: drogas, bondage, homosexuales, palabras sucias, sexo tratado con desinhibición, hombres con pluma, mujeres espontáneas y deslenguadas, santos, estética pop, todo excesos. Y los que se ponen nerviosos por todo eso son los mismos que opinan que el Día del Orgullo Gay no debería celebrarse, que es un circo, que los homosexuales y bisexuales, pueden estar pero no haciendo gala de su condición delante de todos. Por eso yo me alegro tanto con una película como Los amantes pasajeros que es plenamente consciente de su petardeo y no le importa. Doy gracias a que existen artistas como Pedro Almodóvar, Léos Carax, o David Lynch, por citar solo algunos, todos tan diferentes. Te podrán gustar más o menos, identificarte o no con sus historias, pero son un respiro entre tanta homogeneidad. Únicos, salvajes, libres, atrevidos
.

Sylvia Plath perdura

11 Feb

Tal día como hoy hace 50 años, a primeras horas de la mañana, la poeta Sylvia Plath se quitaba la vida. Tenía 31 años. La escena se ha relatado siempre con los detalles truculentos por su cotidianidad, para alimentar la mitología a su alrededor, del aire trágico de su figura. Previo a la carnaza televisiva siempre ha existido el morbo por la muerte prematura, el suicidio con su halo de misterio y la enfermedad mental. En Plath se reúnen muchas circunstancias que alimentan la fascinación, vale decir caricaturplatha. El complejo mundo de un ser humano reducido a vísceras, diagnósticos, y bandos, con un villano estelar encarnado por su ex marido, el gran poeta inglés Ted Hughes. Nada es tan sencillo. Pero es cierto que la sucesión de hechos sin duda ha contribuido a que la historia de esta familia merezca calificarse de macabra; hace 4 años se suicidaba también su hijo menor Nicholas, científico destacado en Alaska. La única superviviente es su hija Frieda, que administra el legado de Hughes y Plath, además de ser escritora de libros infantiles. [Aquí Begoña Gomez reflexionaba muy bien sobre la maldición.]

Ella fue una de las protagonistas de un trabajo que hicimos un grupo de amigas en la Universidad. Godiva se llamaba la revista que elaboramos como propuesta de temario de Literatura Universal alternativo, compuesto solo por mujeres, para contrarrestar la ausencia absoluta del sexo femenino en la materia que se nos daba en clase. ¿Cómo era posible que en siglos de literatura no fueran dignas de entrar en la lista indiscutibles como Virginia Woolf, Jane Austen o Emily Dickinson? Nos unimos hasta 8 personas y dimos un buen repaso al profesor. Nos puso un diez, claro. Fue con La campana de cristal que Sylvia Plath había entrado en mi vida, como en la de muchas/os adolescentes, aún hoy. Su única novela era un abrazo en el proceso de alumbramiento al mundo adulto, con la extrañeza respecto a todo lo que te rodea. Con motivo de este 50 aniversario el Guardian ha sacado un bonito artículo recopilando impresiones de diferentes escritoras y poetas sobre la influencia de Plath en sus vidas.

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. 

Una pesadilla. 

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Yo lo recordaba todo. 

Recordaba los cadáveres y a Doreen, y la historia de la higuera y el diamante de Marco y el marinero en el parque y la enfermera de ojos estrábicos del doctor Gordon y los termómetros rotos y el negro con sus dos clases de judías y los diez kilos que engordé por la insulina y la roca que se combaba entre el cielo y el mar como una calavera gris.

Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera.

Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.

Con el flechazo de la novela Plath se convertía en una suerte de hermana. Le siguieron los relatos cortos, la poesía esplendorosa de Ariel, los desgarradores diarios…En ellos se descubre tanto el tormento emocional de la joven inadaptada como su determinación de ser escritora, su pelea creativa constante, su autoexigencia brutal, las luchas cotidianas para conseguir hacer de ello su medio de vida. Son muy interesantes desde el punto de vista psicológico y también literario. Y llegas a una visión amplia del ser humano detrás del mito, la comprendes, le tienes amor; es inevitable.

Aunque la biografía sea llamativa y el tópico inevitable unirla a la lista de poetas suicidas, Sylvia Plath es ante todo la autora de un corpus poético impecable que sigue palpitando décadas después. Se publican nuevas biografías sobre ella, se montan espectáculos teatrales y de danza a partir de sus textos, y su influjo se percibe, por ejemplo, en una de las grandes poetas norteamericanas de los últimos tiempos, Louise Glück. 50 años después de su muerte no ha desaparecido del todo pese a la desgraciada historia familiar. Quedan sus textos: leerlos, comprenderlos, comentarlos, compartirlos, es el mayor de los homenajes.

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Loving Mediterráneo

4 Feb

Conducir el camino de vuelta desde Murcia es lo que tiene, que es una pesadilla, un agujero negro, un triángulo de las Bermudas que pretende llevarte como sea a la autopista para apoquinar. Pero aunque no sea capaz de memorizar los desvíos erróneos que cojo cada vez que tengo que volver de allí, si digo no, es no. Esta vez Estefanía y yo nos propusimos revelarnos ante el destino…hasta acabar en la N-III desde la Vila Joiosa para llegar a Valencia, un largo recorrido de tres horas amenizado por música, risas y conversación.

mediterraneoY lo que parece una broma pesada se convierte de repente en una maravilla: llegar a una epifanía a través de la orografía. Porque así fue, distraída como iba las siluetas a cada lado de la carretera acabaron por cobrar protagonismo. La extensa mole de cemento que es Benidorm capta la atención, fascinante en su agresividad, en su rareza, ahí en medio, plantada. Al pasar el oasis kitsch alcanzamos el Mascarat, y el coche en semejante pendiente empezaba a sufrir un poco, pero no importa, ir despacio aquí es el lujo, subiendo por la comarca de La Marina, Benissa, Altea -con tantos recuerdos, vidas dentro de esta vida-, y encarando hacia el Montgó, imponente, a la vista. Alicante, aun tan construida como está en toda su costa, es bella a rabiar. Pasamos Xàbea y Denia, relucientes como ellas solas, para entrar en la Safor, en la provincia de Valencia, con Oliva, que es el nombre y el lugar que nos saca la sonrisa y que nos gusta disfrutar no solo en verano. Ya con la perspectiva cercana de llegar a casa, los alrededores de Cullera siempre son interesantes, en la órbita de la Albufera y los campos de arroz en paletas de colores diferentes a lo largo del año.

Estas desatadas líneas sobre mi tierra, sin que sirva de precedente. Como la inmensa minoría de aquel antiguo slogan de La 2, en Valencia vivimos como podemos con los políticos y gestores corruptos que tenemos, y pese a toda la ristra de despropósitos en forma de urbanismo salvaje, grandes proyectos…somos muchos, porque lo sé, porque lo hablo repetidas veces, los que amamos este lugar, y lo defendemos. Nos duele Valencia, nos duele la Comunitat Valenciana, de la manera que se está llevando, pero aun así somos conscientes de nuestro privilegio y creemos en el cambio.vlc

Lo decían la abuela y la bisabuela de mi amigo Javi, “date cuenta, nene, vivimos en la yema del huevo“. Hice el camino por carretera de sur a norte con ese convencimiento claro, el de la inmensa suerte que es vivir en el Mediterráneo de la canción de Serrat. No son solo las playas, son también los pueblos del interior de Castellón, o el increíble enclave que forma la Vall de Gallinera, o Valencia con su luz única, esplendorosa y esa perfecta medida entre ciudad grande pero asequible, práctica y cómoda. Pero sobre todo la luz, tan difícil de explicar y de captar en fotos. Es el mismo convencimiento que tenemos cuando ya sea diciembre o febrero, amanece uno de esos días ‘de Fallas’, de sol incontestable, la opción de tener días primaverales todo el año. Cuando he estado viviendo lejos es este mar, son estos aires, esta luz lo que añoraba, no un lugar específico. La forma de vida, el paisaje, el aroma, este mood, este flow de ‘la terreta’. Aquí solo con salir a la calle, sin más añadidos, muchas veces me siento enormemente afortunada, y sé que no soy la única. Me acuerdo de la película de Adolfo Aristarain, Un lugar en el mundo. Yo no me siento de ningún país, pero sí sé dónde me ato, lo que me lleva y lo que me llama, por eso mi lugar en el mundo está aquí -por ahora-, bordeando el Mediterráneo.

 

Lo que enseña una mudanza

15 Ene

Con cada mudanza se aligera el equipaje. Mudanzas son vida, y como la vida, no son fáciles. En sensaciones me recuerdan a las heridas, que luego se hacen cicatrices y se quedan ahí contigo en mayor o menor medida. Todo, al fin y al cabo son marcas que nos van dejando los años.

Una mudanza te cambia. Cada una que hagas. Y no me refiero a esa primera vez que saliste de casa de tus padres para vivir por tu cuenta, con tus maletas y tus pertenencias, que cabían en una sola habitación. Aquella queda lejos. Esa es la fácil y hasta diría yo que casi no cuenta como mudanza, aunque marque un momento importante en nuestras vidas. Ahora acabo de hacer mi quinta mudanza y me he enfrentado a ella con la valiente insensatez de quien no retiene demasiado los malos momentos. Menos mal que los humanos somos animales olvidadizos, desechamos lo malo y nos quedamos con lo bueno; instinto de conservación lo llaman. De lo contrario no saldríamos de casa, atenazados por la inacción.

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Porque pensado fríamente y de buenas a primeras todo da miedo. Pero aún con eso hay que seguir andando y no quedarse quieto, ciertas cosas simplemente hay que hacerlas y se hacen. Como en la viñeta de Liniers, de vez en cuando hay que hacer algo que asuste. Había elegido no recordar la última mudanza, más de dos años atrás. Lo seductor de un nuevo horizonte envalentona. Esta vez a un mes vista de la fecha definitiva lo tenía todo por hacer, incluso el piso donde me iba a instalar estaba por arreglar -chapuzas arriba y abajo- y allí las desdichas se iban encadenando como si de la película de Tom Hanks se tratara. Para Nochevieja, a solo unos días del cambio, celebré con amigos el cambio de año en una fiesta que servía de despedida del bonito piso alquilado frente al río. Y todavía no había hecho ni una sola caja, ni una sola maleta. A lo loco. Mi nota mental para la próxima mudanza -que espero sea dentro de mucho tiempo- es ser, claro, algo más previsora.

Al final como cantamudanza La Mala Rodríguez “al lío, que en queriendo tó se puede”. Y por el camino dejas ropa que no te pones, haces limpieza pero a fondo, de verdad, regalas libros que leíste y no necesitas conservar, y vamos, que haces donaciones varias. En mi caso, cierto tipo de fetichismo se ha ido curando a base de mudanzas. Cuando era más joven el afán por acumular libros -no hay nada que pese más que una caja llena de ellos- y discos y cosas bonitas podía no tener fin. El consumismo cultural no lo tiene…pero como todo el consumismo es una afán que no lleva a nada. Al menos así lo veo yo. Y decididamente andar cada vez más ligera de equipaje es algo que me hace mucho más feliz.

[*Sobre equipaje ligero o no, muy interesante el proyecto de esta web que te pregunta lo que llevarías contigo si tu casa se estuviera quemando]

En mi familia bromean con que tengo entre mis aficiones cambiar de residencia, que parezco el pueblo de Israel, siempre en la diáspora -una broma vintage claramente-.  Desde luego una afición yo no la llamaría. Son, más que agotadoras, extenuantes, provocan crisis existenciales, desmontar y montar, colocar y recolocar, buscar el sitio, hacerte el hueco, cuidar el calor de tu hogar, todo son actos físicos y a la vez simbólicos, cargados de significado, con el bagaje de alegrías, penas y dificultades. A veces la magnitud de la tarea te sobrepasa. Hay una frase de Albert Camus que encuentro muy apropiada: la vida es la suma de todas tus decisiones. No dejo que las decisiones me tomen a mí, ésa es mi apuesta. Y cada cambio de casa es inevitablemente una nueva fase personal. Una mudanza no es fácil, no es bonita pero pasa, y nunca nunca se acaba el mundo, curte y enseña. Que a los cambios mejor que temerles, hay que darles la bienvenida.

El templo del golfeo feliz

12 Dic

Ya me había pasado en 2011, cuando por primera vez, por fin, puse el pie en el Olibaba, famoso chiringuito de Oliva, y en esa playa de Aigua Blanca. El bajonazo posterior en septiembre fue considerable. En 2012, que ha sido mucho más apoteósico, el verano directamente ha tardado meses en irse. Y hasta me ha llevado un tiempo poder volcar por escrito una nueva carta de amor al Oli. He hablado muchas veces de él, aquí mismo y en la columna que escribía para el periódico L’Informatiu. También en Facebook las fotos seleccionadas que publicaba traían cola, por el contagio. Lo bueno hay que compartirlo, no soy de las que gusten de placeres exclusivos. El buen rollo que genera el lugar hace que todos los fieles queramos propagar el enganche, darlo a conocer, compartir con más amigos lo que allí se vive. Este año ha habido especialmente revuelo en torno al lugar, con un artículo en El País, reportajes en la tele o el Premio del Ministerio de Medio Ambiente al Chiringuito Responsable por su protección del litoral. IMG_7589

La adicción que provoca el Olibaba es una adicción buena, pero adicción al fin y al cabo, y la sombra es que conlleva síndrome de abstinencia cuando no puedes ir, o cuando, a principios de septiembre se termina la temporada. Recuerdo una escena muy simbólica en el mes de febrero. Crudo invierno neoyorquino, de cervezas con amigos y un Urban Outfitters de la Séptima Avenida abierto y de rebajas. Desde el escaparate vi un precioso vestido de tirantes en azul y rojo y lo tuve claro: ese lo voy a estrenar este verano en el Olibaba. En aquel momento, de hecho, ni siquiera contaba con volver a Valencia en los meses siguientes. Pero es así como se van sembrando las decisiones, desde lo más pequeño y anecdótico . A modo de premonición apareció aquel vestido bonito y algo empezaba a encajar. Como Albert Camus escribió, “en las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible“. Me había ido lejos para explorar, distanciarme y pensaba encontrar alguna respuesta a la eterna búsqueda, pero me iba dando cuenta de que la respuesta la llevaba yo puesta encima. A veces con las apetencias más sutiles llegas justo adonde quieres ir. Y lo decidí: yo no voy a pasar el verano lejos del Mediterráneo. Esa era mi única certeza. Y empezaron a cambiarse otros planes. El verano 2012 me esperaba.

Cada año compruebo que el Olibaba mantiene intacto su poder, y eso que en junio tuvo que abrir sin la compañía emblemática de sus dos moais gigantes. Sin ellos haciendo sombra a cada lado de la entrada resultaba raro pero allí todo encaja como si fuera un hogar estival: la pasarela de entrada, las mesas, la barra y las pérgolas, los numerosos camareros, la luz, los personajes habituales del lugar (habría para escribir un libro) y sobre todo el ambiente de relax y abandono voluntario. La música es un elemento primordial del conjunto. Los Djs residentes, Medardo de la Paz y Josep Escrivá, y loIMG_7402s visitantes se adaptan perfectamente a cada momento del día, y al espíritu moai. De hecho, las fiestas del verano fueron el 11 y 12 agosto, lideradas por Mr. Gee, dj camerunés afincado en Francia, que provocó una catarsis colectiva en sesión de noche y de día. Dance, ritmos brasileños, percusiones, toques house, momentos chill out por la tarde y temazos que se convierten en himnos de la temporada, como este año Video games de Lana del Rey, Somebody that I used to know de Gotye, Me robaste el sueño, o Big Love, de Low T que nos descubrió Gee. Todos, por muy poco aficionados a la música dance que sean, acaban bailando poseídos. La música te va llevando, y a veces Medardo lanza una pregunta retórica, “¿sois felices?“, verbalizando uno de esos momentos de comunión bailonga.

A lo bueno uno se acostumbra y se engancha rápido, claro. La explosión de hedonismo, los días que se alargan de forma juguetona, las risas, los amigos, y los conocidos que se van convirtiendo en amigos, allí donde todo es piel y carne, miradas brillantes, sensaciones muy corporales, la arena fina de una playa kilométrica, el paisaje de dunas -sin casas ni edificios a la vista-, donde nadar a gusto y repetidamente porque de ese agua cristalina no se quiere salir, el contoneo, la suavidad de bailar descalzos, el elogio de la ligereza, desperezarte en la arena, ver cómo se va moviendo el sol, y al llegar la noche contemplar las estrellas o la luna en sus diferentes fases, en un tapiz impresionante. Todo forma un conjunto mágico. Un rincón donde volvemos a ser un poco salvajes y, no importa edad o aspecto todos nos sentimos más guapos, lejos, mejor. Es verano en estado puro, y como leí a Vicent Molins en twitter, el dinero sabemos que no da la felicidad pero el verano un poco sí. Una burbuja de placer y despreocupación, de sonrisas puestas y de brazos abiertos, eso es el Olibaba.

IMG_7401No deja indiferente, todo el que va la primera vez alucina un poco, pero los milagros no existen. Sé de contados casos en que no ha habido flechazo. Incluso puedo admitir en un alarde de tolerancia :) que haya alguien a quien no le guste tanto. El Olibaba es un lugar único, con su potencia y su magnetismo (poca broma que por Pego, al lado, pasa el meridiano 0) pero lo veo sobre todo como un catalizador que no deja de traer cosas buenas. Si estás dispuesto a entrar, a abrirte, a compartir y a que fluyan las energías bonitas entonces experimentarás la magia del lugar. Si por el contrario acudes a ver lo que se cuece, lo que te puede impresionar, en plan postureo/aquí me las traigan todas, entonces, solo entonces, quizá te decepcione, porque es un intercambio: tienes que amar para ser amado, tienes que dar para recibir, y sobre todo, tienes que sonreír. El paraíso no puede ser un lugar estático sino orgánico, que se alimenta de las vibraciones de todos, y del sol, de la luna, de la música, del mar, de la arena, del cielo. Es el sitio de los días felices.

Brindis o lamento

30 Nov

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

En torno a este poema (No volveré a ser joven) de Jaime Gil de Biedma hace unos meses se inició un debate entre colegas de twitter, sobre si era un texto pesimista o sencillamente una llamada a exprimir la vida. Recuerdo a Marta Ortells o Javier Mallo entre los que intercambiamos impresiones. A mí particularmente siempre me ha parecido más bien lo segundo, supongo que porque casa mejor con mi actitud vital: consciencia en lugar de lamento.Gil Y desde entonces le daba vueltas a escribir un post sobre todo esto. Noto que este 2012 y esta crisis -que no es solo local o nacional, sino de pensamiento global- hace que personas que nunca hablaban de sentimientos y cuestiones metafísicas, muy alejados de manuales de autoayuda, ahora se abran con facilidad a cuestionar -pero de verdad y no a lo Paulo Coelho- la forma en que hemos organizado nuestro modo de vida, la escala de valores, lo que verdaderamente importa.

No soy muy fan de las citas sin contexto, pero con esta de Carl Gustav Jung se dice todo: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. Gil de Biedma habla del envejecer, morir como únicos argumentos de la vida, y aunque hay más, básicamente estos son los que marcan la escala para no andar desaprovechando oportunidades y el tiempo que tenemos, que ciertamente no es infinito. Se puede tomar como un poema agorero, aunque ignorar lo más real y seguro que existe -vas a morir- es absurdo e inútil.  La muerte es el horizonte que lo pone todo en su sitio, que ordena, la única certeza con que contamos y las ganas de vivir mientras tanto, su antídoto.

No hay edad para vivir, para empezar nuevos proyectos y aventuras, para aprender, para hacer, para disfrutar. Cuando se cumplen años lo suyo es celebrarlo porque existir no es gratuito, no viene dado, hay muchas muertes prematuras, en cualquier momento te puedes esfumar, y ese es el toque de atención que da este poema, que hace confrontar la realidad más cruda. “Escucha hermano el hecho cierto, hoy estás vivo, mañana muerto“, repetía alegremente la comparsa de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. Aunque se puede vivir de muchas maneras, claro. Cada uno decide. Soy partidaria de aliarse con los miedos y sacar el máximo de este viaje, sin aires reguleros ni victimistas. Tampoco me va la inconsciencia del vive rápido y deja un bonito cadáver a lo James Dean -que también se deja entrever al principio del poema- ni el eterno ‘peterpanismo’. Ni a lo loco ni pasivamente, sencillamente despiertos. Ser quien uno es. Habitarse conscientemente, saber dónde estamos, gobernar la propia existencia con soberanía, y nunca nunca nunca desistir de uno mismo como decía Clarice Lispector. Con la fuerza de ese centro claro, melan2nadie ni nada puede con nosotros. Y es en esa estela que, por ejemplo, la protagonista de Melancholia se dirige segura al gran final, dando la cara. Aquí el filósofo Slavoj Žižej habla precisamente del profundo optimismo de la película de Von Trier; no puedo estar más de acuerdo.

Leyendo sobre Gil de Biedma descubro que precisamente este poema lo escribió al llegar a los 35, justo la edad que cumplo yo hoy. Me impresiona la coincidencia. He dicho al principio que siempre que lo leía yo lo tomaba como un acicate y un impulso para vivir al máximo con toda consciencia. Sé del nihilismo del autor, de su encierro de los últimos años y muerte por enfermedad siendo aún demasiado joven. Pero ahí está para tomarlo y hacerlo propio. Que todo esto va en serio, que no es un ensayo general para nada que va a venir después, que esto es lo que hay y allá cada uno con lo que hace. Algo importante está claro: si tengo miedo a algo no es a morir sino a vivir amargamente. Morir no está bajo mi control, afortunadamente hacer que mi vida sea rica, sí.

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